Los textiles tradicionales no son disfraz. Las redes sociales no son la realidad.

Casi nunca interactúo en redes sociales, soy más del tipo observador participativo: likes para guardar videos en Youtube, saludos y anuncios parroquiales en Facebook, stories y likes en Instagram, corazones y retwitts en Twitter. Gmail es trabajo, Whatsapp, stickers, familia y amigos. Para un chavorruco como yo, literal, no hay más redes sociales.

La semana pasada una señora compartió con esmero un twitt que incluía una fotografía de unas 4 o 5 mujeres, todas de piel blanca, portando indumentaria tradicional de distintos grupos culturales que habitan en el territorio que hoy es México. La foto estaba acompañada por un texto que mencionaba que eran prendas compradas por recomendación de otra señora, quién tiene un hilo muy interesante sobre artistas, artesanas y artesanos a quiénes puedes comprar de manera directa por internet. Acá les dejo el link. Otro detalle importante es que en el copy de la señora se usó el término "vestidos mexicanos" para referirse al conjunto de indumentaria que portaban.

No hay más información pues el twitt fue borrado por la autora, seguramente después de unas cansadas horas de cyberataques, que iban desde acusaciones de apropiación cultural hasta el ataque directo a su persona, y el estrés que solo te genera estar en medio de un trending topic, que, en la mayoría de los casos se convierte en una situación violenta, soez, y poco constructiva.



A pesar de que no me gusta interactuar mucho en el mundo virtual, al tratarse de un tema de mi interés (la protección y promoción del patrimonio cultural), intervine con una "mas-que-pregunta-tengo-comentario" pero al final con preguntas honestas, y con respuestas por parte de usuarios de ésta red (twitter), un par elocuentes y constructivas, otras meramente sarcásticas y llenas de esa superioridad moral de quienes consideran que representan las voces de "los pueblos originarios", desde culturetas que escriben libros y textos de opinión (como éste jeje), hasta otras personas indígenas que viven en las grandes ciudades y han logrado afilar su mirada crítica y, por supuesto, consolidar una voz acreditada por sus títulos académicos y conferencias. 
Y lo pongo así, "los pueblos originarios", entre comillas, porque así se usa muchas veces el término, bajo la premisa de que los más de 60 grupos culturales que habitan en México, y las personas que forman parte de ellos, encajan en la misma definición, como si todos pensaran igual, como si todos quisieran lo mismo.

A partir de esta experiencia me quedan reflexiones que se podrían clasificar en dos grandes temas: 1) lo sesgado de las narrativas en las redes sociales y 2) la eterna discusión sobre la promoción y conservación del patrimonio cultural y lo complejo de las identidades que co-habitamos en el país que llamamos México.


En primer lugar, reitero lo que todos ya sabemos: las redes sociales son lo más engañoso que nos trajo el Siglo XXI en materia de comunicación. Nos sentimos hiperconectados, libres y trascendentales, cuando en realidad nuestras pequeñas voces, agrandadas por la falsa sensación de impacto, se pierden en mares algorítmicos que generan círculos narrativos cerrados. El impacto no es tan falso pues, nada más hay que ver la cantidad de twittstars, instagramers y youtubers que buscan (y logran) monetizar sus contenidos y vivir de eso, y por supuesto, la grandes discusiones que se han posicionado gracias al impacto de las redes, la violencia de género, asuntos de movilidad en las ciudades, la despenalización de las drogas, entre muchos otros.

De las redes sociales en las que participo, pienso que Twitter es la peor de todas. No me gusta el termino de "polarización" pues me parece insuficiente para explicar los fenómenos sociales y narrativos que van más allá de polos simplemente opuestos, pero bueno: twitter polariza.


Fuente: @codice_mx


En el caso de la señora que se entusiasmó por comprar arte textil tradicional en canales de comercio justo, pero que cayó en el error reduccionista y unificador que nos trajo la educación vansconcelista de decir que eran "vestidos mexicanos", no cabe duda que entró en marcha la maquinaria de polarización de las redes que percibe como si no hubiera forma de reconciliar las posturas encontradas, convirtiéndose en una discusión entre "nosotros" y "los otros", que simplemente imposibilita el diálogo. Para los portadores del patrimonio cultural que pudieron ver reducida su identidad y cultura ante el twitt de la señora, pienso que ella no es un enemigo al cual atacar, por el contrario, es un potencial aliado, que aún en su ignorancia o ausencia de una mirada decolonial, podría aprender algo nuevo desde el intercambio, y no a sarta de twitazos de los gachos.

Alcancé a leer una respuesta en donde la señora del twitt original sí explicó el origen de las prendas y su relación con ellas. No pretendo justificarla, pero pienso que este es el engaño, el sesgo de las redes sociales, nadie sabíamos realmente los detalles de la adquisición de las piezas. Sí, la señora erró en decir que eran "vestidos mexicanos" en lugar de explicar el origen de los trajes; sin embargo nadie le reconoció por haber comprado de manera directa a las artesanas, y créanme, para las y los creadores del patrimonio cultural que constantemente se enfrentan a casos de plagio e intermediarios abusivos, eso sí es algo que celebrar.




En segundo lugar, sigo convencido de que una de las tantas posibles soluciones a los problemas entorno a la dignificación del trabajo artístico y artesanal de los pueblos (que es patrimonio cultural material e inmaterial) es el consumo.

Sin embargo, después de la ola de ataques y comentarios, caigo en cuenta sobre una ausencia en mis reflexiones, y es precisamente la crítica ante el mismo sistema de consumo. Mi mirada en estos temas siempre se ha centrado en las y los creadores de arte y artesanía, y desde una visión de mercado; y para que esto funcione tiene que pasar una cosa: tienen que vender, y vender bien, es decir: precios justos y dignos por su trabajo.

Al a par de los ataques hacia la señora de la foto, se generó una narrativa, menos violenta y más informativa que en resumen reza : "la ropa tradicional no es un disfraz". Además, este tipo de mensajes se acompañaron también con narrativas, desde mi perspectiva un poco pasivo-agresivas, alimentadas por ese sentido de polarización de las ideas que ridiculiza a quién se encuentra en el otro polo de la discusión.



Un disfraz, es todo lo que nos ponemos para ocultar nuestra verdadera identidad y parecernos a alguien más. En un concurso de disfraces, gana el que mejor ocultó su identidad, y por supuesto, el que más se parecía al personaje deseado. Un niño se disfraza de su personaje favorito como un anhelo o deseo, "quiero ser como él". Pero el disfraz puede ser una burla, sarcástico e insensible, como el que se disfraza de una figura pública desdeñable como un político o un villano.

Antes de que me malinterpreten, lo digo con todas sus letras: los pueblos originarios no son personajes de ficción. Me queda clara la deuda histórica que se tiene para con los pueblos originarios y los peligros de la apropiación cultural, la folklorización y el reduccionismo cultural. Sin duda, reducir las culturas originarias a su indumentaria, sin cuestionar las crisis sociales e identitarias marcadas por procesos de colonialidad del saber, del cuerpo, de la naturaleza, es un despropósito para las luchas sociales que se viven a diario.

No obstante, estos reclamos surgen generalmente desde una perspectiva de déficit, en donde no se sabe lo que se debería de saber, en este caso el origen de la indumentaria y la identidad cultural que representa. La diferencia entre "disfrazarse" y "portar con orgullo" es delgadísima, y deberíamos ser capaces de diferenciarla. Sin embargo, no es así. ¿Quién acredita que el uso fue con respeto y admiración o fue una burla? ¿Los culturetas?, ¿Las y los académicos indígenas?, ¿La Secretaría de Cultura? (ja!). El problema, pienso yo, es que mientras nos desvivimos en estas discusiones, hay un grupo de personas, artistas, artesanas y artesanos indígenas que lo que buscan es vender y que se reconozca el valor de su trabajo.

Es fundamental re-conocer las culturas y el patrimonio cultural, pero muchas veces ese conocimiento no se tiene. El problema es que las redes sociales y su sesgada narrativa nos dejan con el sabor de boca de que a la señora del twit se le atacó y se le exigió un conocimiento, que no sabemos hasta qué punto lo tenía o no. ¿Qué tal si en vez de exigir el saber, lo compartimos?. Que quede claro, no estoy defendiendo la ignorancia, ni mucho menos minimizando las críticas del pensamiento decolonial, no vengo a aquí a defender a los llamados "whitexicans", ni a decir que la señora sufrió racismo inverso. Son reflexiones nacidas desde una genuina búsqueda de conciliación, de construcción.


Por último, y acá quizá me echo la soga al cuello, quiero parafrasear a Manuel Toussaint para decir que: "el arte es la mayor expresión de la humanidad y es capaz de impresionar a cualquier persona, cualquiera que sea su lenguaje". No se tiene que conocer a un artista o una lengua para reconocer la belleza, sacralidad y contenido simbólico de una expresión de un individuo, una familia o un pueblo. Si no nos damos chance de enamorarnos de las expresiones aún sin saber nada de ellas, se construye un muro entre los artistas y sus lenguajes, y sus potenciales admiradores, y por supuesto consumidores (no se me quita el capitalismo).


Lo que más me molesta de todas estas discusiones, es que pocos voltean a ver las necesidades de las y los creadores. Pudiendo ser una gran ocasión para mencionarlos, ni la señora que se equivocó por no incluir detalles en su reseña, ni la horda de ataques sobre la "correcta manera de portar y hablar del patrimonio cultural", puso el foco sobre los realizadores que tienen nombre y apellido, quienes viven de las ventas de sus textiles, auténticas obras de arte e historia, y quienes quizá ven aumentadas sus ganancias en "épocas patrias", y encuentran en su trabajo una manera de vivir dignamente.

Fuente: MAIC Museo de Arte Indígena Contemporáneo.


Si el error de reducir los textiles sagrados de una comunidad o pueblo originario para llamarlos "mexicanos", nos dio la pauta para reflexionar sobre los límites de la mexicanidad , sobre los peligros de la apropiación cultural y cómo evitarla, ¡en hora buena!, pero por favor no lo convirtamos en una mala experiencia para una compradora de comercio justo. Ojalá que ni a la señora del twitt, ni a sus amigas, ni al sector de la población que compra en canales de comercio justo aún sin tener una mirada decolonial, se les quiten las ganas de seguir consumiendo y aprendiendo de los portadores del patrimonio cultural inmaterial, en cualquier época del año.

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